Sofiane Sehili y la libertad de pedalear hacia adelante
Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
Sofiane Sehili estuvo recientemente en Girona para participar en una salida en bici y charla organizada por el Velodrom Odeon, y su historia fue tan cautivadora que hemos decidido ampliar nuestro primer artículo sobre él con uno centrado en sus inicios y la travesía euroasiática que acaparó titulares debido a su inesperado desenlace.
En 2010, Sofiane viajaba de mochilero por el sudeste asiático, desplazándose como la mayoría de la gente al llegar allí: autobuses, trenes, taxis. Todo funcionaba, en un sentido práctico. Pero algo le parecía incompleto. “Estaba bien”, dice. “La gente era amable, la comida buena, pero no lo sentía como una aventura”. El cambio se produjo cuando compró una bicicleta barata en Laos, casi por impulso. Lo que siguió fue menos una revelación que una sutil redefinición de su propia experiencia del movimiento. “Compré una bicicleta por cien dólares, y fue un momento que me cambió la vida”.
Antes de eso, el ciclismo no tenía un significado especial para él. Iba en bici al trabajo, disfrutaba de la sensación, pero todo se limitaba a la rutina de ir a la oficina. La bici representaba la libertad, pero solo en dosis cortas y predecibles. En Laos, eso cambió. La distancia se convirtió en algo que se podía experimentar en lugar de medir, y el atractivo de los lugares remotos, explorando entornos desconocidos por cuenta propia, se instaló rápidamente y de forma permanente.
Parte de la primera ola del ultraciclismo
La transición al ultraciclismo llegó más tarde, y no como una progresión natural, sino como una especie de desafío a su propia concepción de lo que era posible. Mientras recorría el itinerario de la Great Divide en Canadá por su cuenta, oyó hablar por primera vez del Tour Divide, y su magnitud le pareció casi absurda. Ciclistas que cubrían de 200 a 300 kilómetros diarios, día tras día, a través de ese terreno. “Esto es una locura. Ni siquiera sé cómo es humanamente posible”, pensó. La idea se le quedó grabada, no tanto como inspiración, sino como una pregunta que necesitaba respuesta.
En aquel entonces, trabajaba como mensajero en bicicleta en París, pasando ya largas horas sobre la bici y construyendo una base sin una estructura formal. Sospechaba que podría tener talento para ello, aunque aún no tenía una forma clara de demostrarlo. “Tenía el deseo de ser realmente bueno en algo”, dice. “Y pensé que tal vez esto era lo mío”.
A partir de ahí, todo se aceleró. Las carreras le llevaron a obtener resultados, los resultados a conseguir patrocinadores y, finalmente, a una vida dedicada por completo al ciclismo.
La aparente simplicidad de esa trayectoria oculta, por supuesto, su realidad. El ultraciclismo no se trata solo de pasar tiempo sobre la bici, sino de cómo se utiliza ese tiempo, cómo se distribuye el esfuerzo y, cada vez más, de cómo el ciclista gestiona los efectos acumulativos de la fatiga.
El enfoque de Sehili refleja esa evolución. Si bien la disciplina antes se basaba en gran medida en la privación del sueño como táctica principal, él ha evolucionado hacia algo más mesurado, moldeado por la experiencia más que por la ideología.
Es claro sobre el error que muchos ultraciclistas cometen al principio. “Pedalear toda la noche sin saber lo que implica es un grave error. Si no tienes experiencia, al día siguiente estarás tan agotado que perderás todo el tiempo ganado”. Su estrategia actual —saltarse la primera noche y luego intentar dormir unas cuatro horas por noche— refleja un cambio más profundo en este deporte. Los ciclistas ya no solo intentan soportar más sufrimiento que sus competidores, sino gestionarlo mejor, para evitar el colapso que cuesta más tiempo del que ahorra.
Este equilibrio entre control e improvisación impregna todo lo que hace. Sofiane habla abiertamente de su aversión a la planificación, describiéndose a sí mismo como “la peor persona del mundo para planificar”, alguien que prefiere resolver las cosas sobre la marcha. Funciona, la mayoría de las veces. Pero el ultraciclismo a la escala en la que él opera inevitablemente pone de manifiesto los límites de este enfoque, sobre todo cuando las variables van más allá del clima y el terreno, adentrándose en el ámbito menos predecible de las fronteras, los visados y la geopolítica.
De Portugal a Rusia en un intento de récord
La travesía euroasiática siempre iba a poner a prueba esos límites. La idea era sencilla: ir en bicicleta de Cabo da Roca a Vladivostok lo más rápido posible, siguiendo el marco general establecido por el récord anterior de Jonas Deichmann. Sofiane ya había cubierto distancias similares en el pasado, viajando en bicicleta de París a Taiwán por el mero placer de hacerlo, y afrontó este intento con cierta confianza. “No fue mucho más rápido que yo, así que pensé que podía intentar batir este récord cualquier día”, expresó con seguridad.
Durante una parte importante del reto, esa valoración se confirmó. Se movió con eficiencia a través de Europa y de entrada a Asia, manteniendo un ritmo que le permitió mantenerse dentro del tiempo del récord. Los problemas no comenzaron con sus piernas, sino en las fronteras. Un paso fronterizo estaba cerrado por reparaciones, otro era inaccesible debido a cambios en la normativa, lo que obligó a tomar desvíos que se acumularon y le hicieron perder tiempo.
“Durante la primera mitad, todo iba muy bien”, dice. “En la segunda mitad, solo hubo problemas, problemas y más problemas”. Estos no eran obstáculos que se pudieran superar pedaleando más rápido. Requerían espera, cambios de ruta y la negociación con sistemas que operan independientemente del horario de cualquier atleta.
Cuando llegó a la frontera final entre China y Rusia, el margen de error prácticamente había desaparecido. Primero lo redirigieron a otro punto de cruce, solo para que rechazaran su entrada debido al tipo de visa que tenía. La situación era técnicamente sencilla: podía cruzar, pero solo en tren. Para los propósitos de un intento de récord mundial Guinness, ese detalle era decisivo. Un breve transbordo en tren invalidaría todo el intento de récord.
Llegó allí el día sesenta y tres. El récord era de poco más de sesenta y cuatro días.
“En ese momento solo me quedaba un día, y era imposible cruzar legalmente en bicicleta” — Sofiane Sehili, ultraciclista
Un viaje en bicicleta que se convirtió en un asunto internacional
Lo que siguió es difícil de separar de la presión acumulada de las semanas anteriores. Después de casi dieciocho mil kilómetros en una sola dirección, la idea de detenerse o dar la vuelta había desaparecido por completo. “Mi cerebro estaba obsesionado de tal manera que no era posible ni detenerse ni regresar”. En ese contexto, la decisión de continuar, incluso ilegalmente, resulta menos sorprendente, aunque no por ello menos trascendental.
Abandonó el paso fronterizo oficial y se adentró en el bosque, cargando su bicicleta a través de un terreno espeso durante varias horas, sin un camino definido. Finalmente, llegó a una vía férrea, lo que indicaba que había cruzado a territorio ruso. Fue entonces, ya alejado del impulso de la decisión en sí, cuando la situación se aclaró. “Me di cuenta de que había cometido un grave error”, afirma. La lógica que lo había llevado al bosque ya no era válida.
Se entregó a las autoridades ese mismo día, esperando, o quizás deseando, que la situación se resolviera rápidamente. En cambio, se agravó. Le siguió un interrogatorio, luego una noche en la cárcel, y en cuestión de días fue arrestado formalmente. Lo que había sido un intento de mantener la integridad de un récord se convirtió, según las autoridades rusas, en un delito.
Las semanas siguientes transcurrieron de una manera que contrasta fuertemente con la total libertad del ultraciclismo. El movimiento fue reemplazado por el confinamiento, la toma de decisiones por la espera. Describe la experiencia por etapas, comenzando por el impacto inicial del encarcelamiento, seguido de un periodo de incertidumbre. Le presentaron un documento con los cargos en su contra, en ruso, que solo más tarde fue traducido. Fue entonces cuando comprendió las posibles consecuencias. “Existe la posibilidad de que pase dos años de mi vida en una prisión rusa”, recuerda haber pensado. Esa constatación lo cambió todo.
Con el tiempo, la situación se estabilizó. La comunicación con la embajada francesa, el apoyo legal y una comprensión más clara del proceso redujeron gradualmente la incertidumbre. Tras unos cincuenta días detenido, fue puesto en libertad. El intento de récord había terminado, pero la experiencia ya había trascendido el ámbito deportivo.
¿Lo intentará de nuevo?
De vuelta en Francia, las prioridades inmediatas eran simples y humanas. “Solo quería ser libre”, dice. “Solo quería volver a casa y besar a mi novia”. El récord, que había dominado sus pensamientos durante semanas, se desvaneció casi instantáneamente ante esa realidad.
Y, sin embargo, no desapareció del todo. Ahora está escribiendo un libro sobre la experiencia, algo que no tenía intención de hacer mientras aún estaba en prisión. La distancia, al parecer, ha alterado su perspectiva. Lo que en su momento le pareció abrumador, ahora se presenta como algo tangible, algo que se puede examinar, moldear y compartir. La narración ya no trata sobre establecer un récord, sino sobre estar cerca de lograrlo y fracasar, y sobre todo lo que sucedió en el espacio entre esos dos puntos.
Si intentará cruzar de nuevo sigue sin resolverse. La cuestión no es puramente física, ni siquiera logística, sino psicológica. “Será cuestión de si todavía siento el dolor de ese fracaso o si he hecho las paces con él”, dice. Por ahora, ambas posibilidades permanecen abiertas.