Por Belén del Prado
RAW Magazine Editor
Viernes, 24 de Julio, 2026
Viernes, 24 de Julio, 2026

Grava Lybica: Un prometedor debut

Tiempo estimado de lectura: 8 minutos

El pasado fin de semana, Llívia prometía descubrirnos el «gravel d’alçada», y vaya si lo hizo.

Grava Lybica convirtió el enclave pirenaico en el epicentro del gravel en Cataluña, reuniendo a cerca de 150 ciclistas para disfrutar de dos jornadas de largas ascensiones, pistas rápidas y una inmersión total en los paisajes de la Cerdanya.

Pero la propuesta iba mucho más allá de los kilómetros. Llívia respiró ciclismo durante todo el fin de semana. El viernes, el check-in de los participantes dio el pistoletazo de salida con un cuidado welcome pack, seguido del briefing previo y de una muestra de música popular y castellers que puso el acento en las raíces catalanas del evento.

El punto de encuentro fue La Foguera, instalada en el Parc de Sant Guillem, que durante las tres jornadas se convirtió en el corazón de Grava Lybica. Fue allí donde se organizaron charlas, se mostró la gastronomía local, y se pudo disfrutar de actuaciones en directo y actividades para los más pequeños. Estas propuestas reforzaron el carácter social de una prueba concebida para disfrutarse tanto por participantes como sus acompañantes.

El respaldo institucional y la implicación de marcas como Tactic, Amacx, Berria, Vittoria o Smith fueron claves en esta primera edición que, pese a tener que modificar parte del recorrido a última hora debido al plan de contención de incendios francés, demostró una notable capacidad de adaptación. Lejos de deslucir la experiencia, la organización supo mantener intacta la esencia de una prueba diseñada para mostrar todo el potencial ciclista de la zona.

Dos etapas con terrenos muy variados y avituallamientos repletos de productos locales terminaron de dar forma a una experiencia que dejó claro que el gravel de alta montaña tiene en Llívia un escenario privilegiado.

Parte del equipo de Raw Cycling Magazine pudo disfrutar de la prueba en primera persona, coincidiendo además con la presentación de nuestro nuevo número en papel.

Etapa 1: Territorio por redescubrir

El día amanecía con una imagen tan habitual como efímera: la niebla cubriendo el fondo del valle mientras las montañas comenzaban a despuntar bajo el sol. Con el primer café de la mañana hablamos con Bet, una de las participantes, que nos comenta una sensación extendida entre los inscritos: “La Cerdanya es conocida por carretera y MTB, pero… ¿gravel?” Pues sí, gravel. ¡Y qué gravel!

La primera de las etapas nos demostró que hay lugares que uno cree conocer hasta que se adentra de verdad en ellos. Con 116 km y unos 2.400 m de desnivel, la ruta jugaba precisamente con eso, proponiendo una inmersión en una Cerdanya que hasta ahora rara vez aparecía en el imaginario ciclista colectivo. 

Salimos desde Llívia en dirección a Queixans para afrontar el primer ascenso de la jornada, una amplia pista forestal hasta el Puig de les Forques, dejando la llanura cada vez más abajo. Muchos hemos realizado esta ascensión por carretera, pero hacerlo ahora sobre grava cambia por completo la perspectiva.

La bajada nos llevó hasta el pueblo de La Molina para volver a ganar altura por la antigua carretera de acceso a la estación entre restos de un asfalto roto que poco a poco dejó paso de nuevo a la montaña. Tras alcanzar la Collada, una pista nos desvió hacia la vertiente de Toses; el paisaje volvía a transformarse. Los bosques se abrieron para dar paso a grandes praderas donde vacas y caballos pastaban con total tranquilidad, tal como nos anunciaba el cartel promocional del evento. 

Desde allí comenzaba una bajada larga y fluida, bordeando las estaciones de La Molina y Masella, antes de perder altura hacia Das y Riu, donde tocó rellenar bidones antes del esfuerzo decisivo del día: una subida de unos diez kilómetros que albergaba el segmento cronometrado, un gran acierto que añadió el toque competitivo a una jornada de disfrute. 

Después llegaba una larga bajada que, sin exigir grandes habilidades técnicas, sí obligaba a mantenerse atento durante muchos kilómetros. La Font de l’Ingla nos ofreció una parada casi ineludible antes de continuar descendiendo junto al pequeño cañón excavado por el río hasta regresar al fondo del valle, poco antes de Bellver.

Es precisamente en los últimos compases cuando la etapa termina de revelar su verdadera intención. Los caminos rurales atraviesan campos y explotaciones agrícolas donde los tractores trabajan la tierra ajenos al paso de los ciclistas. Es una imagen que rompe con la imagen habitual de la Cerdanya como destino de segundas residencias y estaciones de esquí. Aquí la montaña sigue siendo un lugar de trabajo, además de un espacio de ocio, y Grava Lybica consigue mostrar todas las realidades de la comarca con total naturalidad.

Al cruzar el arco de meta, como en toda buena jornada en el Pirineo, todo termina alrededor de la mesa: un contundente plato de trinxat, música en directo, conversaciones entre los participantes y una serie de actividades complementarias que convierten el final del día en una celebración.

Etapa 2: Rumbo al Puigpedròs

El segundo día empezó con el despertador sonando, de nuevo, a las seis de la mañana. Las piernas acusaban inevitablemente el esfuerzo de la jornada anterior, aunque el perfil que nos esperaba sobre el papel parecía más amable: 78 km y unos 1.600 m de desnivel positivo concentrados prácticamente en un único puerto. Pero ¡qué puerto!

Tras 20 kilómetros, la ruta nos llevó a cruzar un pequeño puente colgante de madera antes de afrontar las primeras rampas de hormigón que ganaban altura hacia Gréixer. Era solo un ácido aperitivo antes de enlazar con una larga pista forestal de unos 16 kilómetros que ascendía de forma constante hacia las cotas altas de la Cerdanya.

A las nueve y media de la mañana, el sol ya caía con fuerza. No había una sola sombra donde refugiarse y el calor convirtió la subida en un ejercicio de paciencia, dosificando el esfuerzo mientras el paisaje se abría a nuestro alrededor. En mitad de la ascensión llegó el tramo cronometrado: apenas 3,8 kilómetros, pero suficientes para que quien quisiera pudiese medir sus fuerzas. En nuestro caso, optamos por mantener el ritmo, disfrutar del momento y sonreír al cruzarnos con el equipo de Pyrenees Media, perfectamente situado en uno de los mejores puntos del recorrido.

El avituallamiento apareció como un oasis rozando los 2.000 m de altitud, en una pequeña planicie muy próxima a la estación de esquí nórdico de Guils-Fontanera. Tras reponer fuerzas, la pista continuaba todavía unos 250 metros de desnivel entre pinares, atravesando el Prat de la Feixa mientras numerosos senderistas se encaminaban hacia las faldas del Puigpedrós, uno de los grandes referentes de la zona.

Y entonces comenzó el premio del día: más de 25 kilómetros de descenso prácticamente ininterrumpido. Primero, por pistas rápidas, con la imponente silueta del Cadí dominando el horizonte, y después, enlazando con la carretera de Meranges hasta regresar al valle. Era uno de esos descensos que invitan a levantar la mirada y contemplar la suerte de paisaje que nos rodea. 

En mitad de la bajada, un gran águila sobrevoló la montaña. Una escena que hizo imposible no detenerse unos instantes para sacar la cámara y recordar que, a veces, la mejor decisión es dejar de mirar el cronómetro. Nuestro compañero Javi, de hecho, decidió alargar la aventura desviándose hasta el refugio de Malniu antes de regresar al track oficial. Una filosofía que define bien el espíritu de este evento, en el que la experiencia pesa más que la competición. 

Como broche final, un estrecho sendero en los últimos kilómetros brindó ese punto de técnica que hizo las delicias de los también aficionados al mountain bike.

Una nueva fecha marcada en el calendario

La primera edición difícilmente podría haber dejado mejores sensaciones. Una organización impecable, capaz de transmitir la tranquilidad de quien lleva años haciéndolo, pese a tratarse de su estreno. Recorridos bien diseñados, logística sin fisuras y una atención al detalle que convirtieron la experiencia en algo mucho más que una simple prueba ciclista.

Si el objetivo era demostrar que la Cerdanya también se puede descubrir en bicicleta de gravel, la primera edición ha cumplido con nota. Dos días bastaron para comprobar que, más allá del asfalto, existe toda una red de pistas que invita a volver. Parece que Grava Lybica ha llegado para quedarse y ocupar un lugar fijo en el calendario de muchos amantes del gravel. Así que quién sabe, quizá la próxima vez que subamos a la Cerdanya, antes de cargar la bici en el coche, tengamos que pensarnos muy bien cuál de ellas elegir.

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