Por Belén del Prado
RAW Magazine Editor
Viernes, 30 de Octubre, 2026
Viernes, 30 de Octubre, 2026

Bormio más allá del Stelvio

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Algunos lugares apenas necesitan presentación entre los ciclistas. Bormio es uno de ellos. Enclavada en los Alpes italianos, esta localidad medieval lleva décadas ligada a algunas de las ascensiones más emblemáticas del ciclismo, con el Stelvio, el Gavia y el Mortirolo al alcance de la mano. Sin embargo, más allá de estos nombres conocidos, hay todo un territorio por descubrir. Stelvio Epic Rides nos propone una buena excusa para alargar la estancia.

Para explorar más a fondo el carácter singular de la zona, acompañamos a los promotores durante cuatro días con el propósito de descubrir los detalles y el desafío: diez ascensiones que combinan puertos míticos con otros mucho menos transitados que demuestran por qué esta esquina de Lombardía bien merece algo más que una visita fugaz.

Gastronomía y leyendas

Tras bordear el lago de Como y adentrarnos en Valtellina, las viñas de Nebbiolo trepan por las empinadas laderas de la montaña, recordándonos hasta qué punto el paisaje y las tradiciones de la región están entrelazadas. Entre una cata de vinos y nuestro primer plato de pizzoccheri, la pasta de trigo sarraceno típica del valle, descubrimos una faceta de los Alpes que poco tiene que ver con la bicicleta, pero que contribuye a que el viaje merezca la pena por sí mismo.

Nuestro primer día de ruta empezó por una ascensión que habla por sí sola. En determinados días del año, el Parque Nacional del Stelvio cierra la carretera al tráfico a motor para que los ciclistas podamos disfrutar de la subida en unas condiciones excepcionales. Aunque no era nuestra primera vez en el Stelvio, la experiencia volvió a sorprendernos, convirtiéndonos esta vez más si cabe en protagonistas, creando un ambiente que se parecía bastante más a una celebración que a una prueba deportiva.

La otra cara de la montaña

Si la carretera del Stelvio, por cualquiera de sus tres vertientes, es una de esas ascensiones que todo ciclista debería hacer al menos una vez en la vida, su versión gravel está a otro nivel. El llamado IV Stelvio nos intimidaba incluso antes de empezar. La ruta, que ofrece una perspectiva completamente diferente, concentra cerca de 2.000 metros de desnivel positivo en algo menos de 20 kilómetros de subida, atravesando un terreno alpino que exige mucho más que piernas y capacidad aeróbica.

Salimos con una Colnago G4-X equipada con neumáticos de 40 mm, una elección que pronto descubriríamos que no era la más adecuada para el terreno que nos esperaba. Había tramos de singletrack, mucha roca y pasos verdaderamente expuestos que nos obligaron a echar pie a tierra una y otra vez. En algunos puntos, la caída imponía un respeto considerable, desde luego no apta para quienes sufren de vértigo. En otros, avanzar pedaleando sencillamente dejaba de ser una opción.

Pero sería injusto reducir la experiencia a su dificultad. El recorrido discurre por paisajes de alta montaña espectaculares y vestigios de la Primera Guerra Mundial, incluidas antiguas trincheras que recuerdan la importancia estratégica de estas montañas. 

La bajada tampoco daba tregua: técnica, pedregosa y exigente. Cuando finalmente regresamos a Bormio para comer, las piernas agradecieron el descanso. Afortunadamente, por la tarde nos esperaba otra forma más relajada de descubrir el territorio esta vez desde las aguas termales de Bagni Vecchi. Cuesta imaginar una mejor manera de acabar una jornada tan dura.

Esfuerzos con merecida recompensa

Nuestro último baile volvió a llevarnos al asfalto, esta vez rumbo al Passo di Gavia. Si el Stelvio impresiona por sus tornanti, el Gavia nos cautiva por su carácter salvaje. A pesar de encontrarse a menor altura, la sensación de alta montaña diríamos que es más intensa. El entorno parece más remoto y hay muchos menos ciclistas. También aquella mañana hacía más frío, lo cual acrecentaba la sensación. Al coronar, un apple strudel caliente fue la mejor recompensa mientras esperábamos a que el resto del grupo alcanzara la cima.

El día aún guardaba una última sorpresa. En Santa Caterina Valfurva nos desviamos hacia la Strada Forni, apenas cuatro kilómetros de subida. Pero qué subida. 13 % de pendiente media para alcanzar el refugio donde nos esperaba un contundente menú de cocina tradicional. No quedaba otra que sufrir un poco más.

No completamos todas las subidas propuestas por la Oficina de Turismo que te permiten acreditar el challenge y optar a diferentes obsequios conmemorativos, Pese a ello, antes de emprender el camino de vuelta decidimos llevarnos un paquete de pizzoccheri a casa, un pequeño recuerdo de una región que sentimos haber conocido más allá de sus carreteras. Sin duda el Stelvio, el Gavia y el Mortirolo bastarían para justificar un viaje a Bormio, pero la localidad italiana ofrece muchas más historias que contar. 

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